Sí, tú

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Chile
Érase una vez blah, blah, blah.

viernes, 4 de marzo de 2011

Evidente



Estás mirándote en ese espejo, pero pronto dejarás de ver tu reflejo, pasarás una mano por tu cabello y la posarás en tu cuello pensando seriamente en apretar hasta que no puedas seguir respirando, sonreirás y querrás golpear esa imagen tan insensata, tan poco tú. Y permitirás que el miedo te vaya paralizando (frente a ti), mirarás sin ver en tus ojos más que el color uniforme de tu iris envolviéndolo todo, perdiéndote en esa oscuridad, sin pensar en nada más que ese color, viajando al interior, sumergiéndote, hundiéndote, asimilándote.
La percepción de una lenta caricia te irá trayendo poco a poco de vuelta a tu contemplación. Sentirás su calor recorriendo tímida y pausadamente tu cuerpo desnudo. Dejarás de verte y comenzarás a sentirte y entonces desearás con más fuerzas aún
abandonarte hacia ese susurro reptante que te estremece de vez en cuando en las noches de luna llena, mientras que la caricia va llegando a ese punto determinado por ti, por tus ojos, por tu propia mano que le guía y, de pronto, te detendrás para gozar del momento exacto en que sus ojos ya no quieran ver, en que sus ojos ya no quieran buscarte más y le obligarás a sostenerte la mirada viéndole con el odio impreso en tus facciones.
En realidad sabes que el juego se acaba cuando ambos cierren los ojos y por eso le obligas, aunque te escuecen sobremanera tus propias pupilas. Pero ... ¿por qué deseas seguir jugando? ¿para qué mantener lo que (comprendes) es una tortura?, te preguntas sin encontrar una respuesta satisfactoria. No importa: hay que jugar.
Ha llegado la hora convenida, levantas el dedo índice y, sonriendo pérfidamente, dibujas en tu cara sus propios labios, los dibujas varias veces y vas midiendo el efecto que en su mirada causas, esperas ver el dolor y el placer mezclados, fundidos. No, tú no esperas, tú
sabes. Y quieres que aquella unión te produzca asco, pero no lo logras... no, y te llenas de melancolía cuando tu dedo va descendiendo y comienza a dibujarte no sólo los labios, sino que cada uno de tus rincones con total precisión.
Asqueado levantas el puño y lo diriges al espejo. Das de lleno en él justo en tu rostro que sigue sonriendo.

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