Faltando cinco para las ocho de la mañana abría puntualmente los ojos para mirar el techo y descubrir que la mancha con cara de torturado continuaba ahí en la misma madera de todos los días. A las ocho suspiraba y se ponía de pie sin mirar el bulto que a su lado respiraba acompasadamente. Caminaba hacia el baño, se cepillaba los dientes, se metía a la ducha y de camino al dormitorio se cruzaba con ella sin mirarla, sin dirigirle un "buenos días". Se vestía lentamente para darle tiempo a que tuviera su desayuno listo. Todo transcurría en un silencio sepulcral interrumpido sólo por el crujir de las tablas viejas y deslustradas de su casa. Las tostadas siempre sabían a barro para él, el mismo barro de aquella noche. Ella, en bata aún, le miraba a veces con un poco de compasión, otras con profundo rencor y casi siempre sin expresión.
Faltando cinco para las diez anunciaba que iba a la esquina a comprar el diario y una cajetilla de cigarrillos. Ella asentía lenta y secamente mientras lavaba los platos y se movía de un lado a otro en la pequeña cocina.
- Buen día, don Ernesto.
- Buen día, buen día.
El señor de bigotes le entregaba el diario y la cajetilla sonriendo irónicamente. Ernesto le daba a cambio un billete de dos mil pesos y esperaba el vuelto encendiendo el primer cigarro del día. Caminaba lentamente chupando y aspirando aquel cilindro de calidad cada vez más dudosa. Su mente en blanco, su mente nublada.
Entraba y se acomodaba parsimoniosamente en el sillón frente a la televisión, abría el diario y se sumergía en él hasta las dos de la tarde envuelto en el humo de los cigarrillos que se sucedían uno tras otro hasta que el aroma de la cazuela le llegaba a las narices y le hacía sonar las tripas. Se sentaba y comía silenciosamente. Ella nunca le acompañaba a almorzar, pues se sentaba en una mecedora a bordar en interminables paños floreados la misma frase que rondaba en su mente hace ya más de cincuenta años.
Él se ponía de pie, salía al patio trasero, rascaba las orejas del galgo negro que le miraba suplicante con la pelota en el hocico y encendía el último cigarro y chupaba cansinamente sin mirar al perro. A veces daba unos pasos al parrón y cortaba un racimo de uvas que se llevaba a la boca sin lavar. A veces daba unos pasos al parrón y cortaba una rama, le quitaba todas las hojas y se iba hacia el perro para golpearlo con ella en el lomo con una fuerza desmesurada que hacía gemir lastimosamente al pobre animal.
Entraba, miraba a Elena que seguía su labor en la mecedora y le gritaba
- ¡Puta!.
Ella no daba mayor indicio de haberle oído que tomar con más fuerza de la normal el bastidor y agachar la cabeza dos centímetros, mientras aguzaba los sentidos atenta a cualquier movimiento de Ernesto. Pero él no se movía, se quedaba allí casi siempre una hora, o una hora y cinco minutos, con la respiración entrecortada murmurando entre dientes "puta, puta, puta, puta".
A las cinco de la tarde iba por la segunda cajetilla de cigarros y al volver se paraba en la reja para ver a los transeúntes y saludarles con una inclinación. Sonreía el viejo a cada persona que pasaba por ahí con una sonrisa perdida, con una sonrisa de la que no participaban sus ojos. Cuando tenía mejor humor le guiñaba el ojo a una que otra señorita que se paseara por allí.
A las seis Elena lo llamaba para el café. Él, de malas ganas, entraba en casa dando un portazo. Ese día el café humeaba como siempre al centro de la mesa y como siempre él se sentó en la cabecera y comenzó a beber mientras seguía con un tamborilear de los dedos el trajín de su mujer en la cocina. A las seis con siete minutos ella abrió el cajón de los cuchillos y tomó el carnicero, se dirigió con el corazón latiendo al mismo compás que los dedos de su esposo, se detuvo detrás de él y le observó con detención la nuca calva.
A las cinco de la tarde del día siguiente Ernesto estaba de pie en la reja chupando un cigarrillo y saludando a las personas que pasaban por allí con una sonrisa perdida de la cual sus ojos no participaban y se estuvo ahí hasta las seis del otro día, cuando un auto de la policía se detuvo en frente y caminó directamente hacia él.
Faltando cinco para las diez anunciaba que iba a la esquina a comprar el diario y una cajetilla de cigarrillos. Ella asentía lenta y secamente mientras lavaba los platos y se movía de un lado a otro en la pequeña cocina.
- Buen día, don Ernesto.
- Buen día, buen día.
El señor de bigotes le entregaba el diario y la cajetilla sonriendo irónicamente. Ernesto le daba a cambio un billete de dos mil pesos y esperaba el vuelto encendiendo el primer cigarro del día. Caminaba lentamente chupando y aspirando aquel cilindro de calidad cada vez más dudosa. Su mente en blanco, su mente nublada.
Entraba y se acomodaba parsimoniosamente en el sillón frente a la televisión, abría el diario y se sumergía en él hasta las dos de la tarde envuelto en el humo de los cigarrillos que se sucedían uno tras otro hasta que el aroma de la cazuela le llegaba a las narices y le hacía sonar las tripas. Se sentaba y comía silenciosamente. Ella nunca le acompañaba a almorzar, pues se sentaba en una mecedora a bordar en interminables paños floreados la misma frase que rondaba en su mente hace ya más de cincuenta años.
Él se ponía de pie, salía al patio trasero, rascaba las orejas del galgo negro que le miraba suplicante con la pelota en el hocico y encendía el último cigarro y chupaba cansinamente sin mirar al perro. A veces daba unos pasos al parrón y cortaba un racimo de uvas que se llevaba a la boca sin lavar. A veces daba unos pasos al parrón y cortaba una rama, le quitaba todas las hojas y se iba hacia el perro para golpearlo con ella en el lomo con una fuerza desmesurada que hacía gemir lastimosamente al pobre animal.
Entraba, miraba a Elena que seguía su labor en la mecedora y le gritaba
- ¡Puta!.
Ella no daba mayor indicio de haberle oído que tomar con más fuerza de la normal el bastidor y agachar la cabeza dos centímetros, mientras aguzaba los sentidos atenta a cualquier movimiento de Ernesto. Pero él no se movía, se quedaba allí casi siempre una hora, o una hora y cinco minutos, con la respiración entrecortada murmurando entre dientes "puta, puta, puta, puta".
A las cinco de la tarde iba por la segunda cajetilla de cigarros y al volver se paraba en la reja para ver a los transeúntes y saludarles con una inclinación. Sonreía el viejo a cada persona que pasaba por ahí con una sonrisa perdida, con una sonrisa de la que no participaban sus ojos. Cuando tenía mejor humor le guiñaba el ojo a una que otra señorita que se paseara por allí.
A las seis Elena lo llamaba para el café. Él, de malas ganas, entraba en casa dando un portazo. Ese día el café humeaba como siempre al centro de la mesa y como siempre él se sentó en la cabecera y comenzó a beber mientras seguía con un tamborilear de los dedos el trajín de su mujer en la cocina. A las seis con siete minutos ella abrió el cajón de los cuchillos y tomó el carnicero, se dirigió con el corazón latiendo al mismo compás que los dedos de su esposo, se detuvo detrás de él y le observó con detención la nuca calva.
A las cinco de la tarde del día siguiente Ernesto estaba de pie en la reja chupando un cigarrillo y saludando a las personas que pasaban por allí con una sonrisa perdida de la cual sus ojos no participaban y se estuvo ahí hasta las seis del otro día, cuando un auto de la policía se detuvo en frente y caminó directamente hacia él.

=O muy bueno!! lo escribiste tú? está espelusnantemente bueno! con esa fuerza intemporal del pretérito imperfecto y la crudeza de los adjetivos, hace que el texto se hunda facilmente en los poros de la dermis sin perder para nada su verosimilitud y realismo...
ResponderEliminarCon el principio me acordé que yo también tengo una mancha con cara de torturado en mi techo D=... xDD
Besos Susan! sigue así que eres muy muy buena!!
Te felicito! ^^
Gracias Diego, siempre tan amable jajaja :) (yo considero que la idea de este textillo es buena, pero que me falta muuuchooo en la redacción y es que o escribí demasiado rápido y no he tenido tiempo de arreglarlo)
ResponderEliminarMejor entonces! le acertaste a la primera! muy bueno! ^^
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