Sí, tú

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Chile
Érase una vez blah, blah, blah.
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domingo, 28 de agosto de 2011

Inútil


Vas caminando estático, mirando sin ver pasar las miles de luces que me van rodeando y que comienzan a carcomerte. Un hilo de baba se escapa por la comisura de tus labios. Yo no me molesto en secarlo. Me distraen un poco esas perlas destelleantes en tu barbilla, la luz del sol directa en tu cara, en tus oscuros ojos inmóviles. Así te veo. Así me ves. Es inútil. Transito entre tu estupidez y la mía y sólo sé que cada nivel es una estupidez más y que tú seguirás en aquel lugar, fijo, como un muerto, mientras caminas y a tu alrededor las noches de luna llena van marchitando tu blanca piel. Esas mismas noches en las que yo sigo sintiendo una punzada de dolor eterna en mi bajo vientre ante tu sonrisa expectante y mi desidia latente que de pronto quisiera recorrerme y dominarme y tomar mi cabello para adornar tu delgado cuello y tus muñecas frágiles... atarte de una vez y para siempre. Dar el tiro certero que te haga abrir los ojos y cerrar los párpados, tus párpados azulosos. Es inútil. Sigo con mi cabello en la cabeza y con la cabeza en mis propio cuello y te sonrío y te escupo los pies descalzos, ensangrentados y sucios. Y entre vómitos lanzas carcajadas que me saben a indiferencia punzante. Ya no me hieres y tus voces pasan a través de mis gritos sin dejar vestigios ni cicatrices en este cuerpo cocido a mano con tu estúpido hilo de babas.












martes, 17 de mayo de 2011

Caos


Cállate! Oh! Maldición! Sólo cállate! ¿Eres tú? Aaaah! Mi cabeza! voy a estallar! Necesito ir al baño, quiero vomitar, sí vomitar, no oh! no me vengai con hueás...Oye! ... mierda! me ensucié el pantalón.
Puta, te dije que no era una buena idea
hueón, te dije que esas minas eran medias raras.
¿Y por qué no me puedo sentar aquí? uuuuy!
hijito de papi, maricón oh! Fue la negra esa, yo sabía! tenía unos ojos impresionantes, no sé qué me dio. No oh! Te digo que no... se le hizo después, me dejó con los pantalones abajo y se fue la muy perra. No te riai tan fuerte, maricón, me duele la cabeza! Hueón, cállate! Dónde quedó mi celular? Puta oh! Te dije que me lo guardarai vo'h Ah! jajajajaja, mierda, espera, voy a vomitar de nuevo... Oye hueón, en serio, mi celular po, viste que la Vale debe haberme estado llamando toda la noche?! Se debe estar pasando los medios rollos, pobrecita... Puta no po, si sé que no se equivoca tampoco, pero puta que me arrepiento hueón oh!... Esa negra me dio algo oye, por eso estoy tan pa' la cagá ahora.
Deja de reírte, por favor?!
Aaaah! No po' hueón, no te pongai maricón, quiero dormir un rato. Sí po' si ya dormí, pero me siento mal po' no me puedo ir así a la casa y tení que prestarme ropa que ésta está pasá a todo, hueón. Ahhh! el hueón chanta, ¿¡Qué sé yo dónde chucha...?!
¿
Ah? ¿Qué estai haciendo, flaco? ¿Quién gritó? Hueón, ese fue un grito de mina! A quién te trajiste, hueón? Puta, flaco, dijiste que no ibai a hacer más esa hueá po'!! Que me la tire yo? Vo' soy tonto o qué? No, hueón, yo cambié.
¡
Déeeeejame, oh! No quiero por la chucha! Hueón, hazte ver, en serio, hazte ver... te creí que por rico nunca te van a meter preso, hueón, pero cualquier día, hueón, cualquier día y ...
Hueeón
, suéltala, me están efermando sus gritos! Flaco qué chucha te pasa?! Cállate imbécil... Voy a ir yo, ándate a la mierda, no me importa! No po' creí que te tengo miedo? Aaaaah, hueón, saaale! ...

¡Andrés! Andrés, qué estai haciendo? Oye!
Mierda!





- ¿Hora del deceso?
- 03:00 PM ...dicen que lo apuñaló un amigo.

domingo, 8 de mayo de 2011

Unfaithful

[Quizás así era. Vete de mis noches]


Se vistió lentamente... con toda la lentitud de que era capaz. Sabía que en unas cuántas horas tendría que pasar por ella y tendría que sonreír, besarla, abrazarla y regalarle el ramo de camelias por su segundo aniversario.

Miró a su lado y vio cómo esa silueta tan distinta a la de ella respiraba acompasadamente y sonreía entre sueños. Suspiró y no pudo evitar acercarse para oler su cabello fragante, para recorrer con una caricia su rostro suave, sus piel desnuda que al tacto de sus dedos reaccionó y se agitó. Alejó rápidamente su mano esperando no haberla despertado y se puso de pie para ir a recoger sus cosas.

Sí, hoy cumplían dos años juntos. Dos años en los que ella le había hecho conocer el amor, pero conocerlo desde fuera, desde ella... yo no, yo nunca logré siquiera quererla. Camelias estará bien, las camelias amarillas.... amarillas porque sabía que esa era la única forma de confesárselo, de no sentirse tan culpable.

Volvió a la cama para despedirse. La silueta respiraba aún tranquila, aún sonriente después de una noche pasional. Susurró en su oído una frase incomprensible. Ella abrió con parsimonia los ojos

- No te vayas aún - le dijo haciendo un mohín.
- Ya sabes...
- Sí, ella. No te entiendo Gonzalo. Déjala.
- No
- Vete entonces
- Adiós

Ella lanzó una carcajada sonora mientras él cerraba de un portazo la puerta del motel.

- Idiota - murmuró entre dientes y bajó las escaleras como huyendo de esa carcajada que le destrozaba los tímpanos. Subió a su auto, respiró profundamente y se dirigió a la floreria y compró trece camelias amarillas: el conjunto perfecto. Luego subió a su auto y fue a por ella se las daré, la besaré, le diré que se vista muy rápido y la llevaré a la playa. Eso estará bien, eso le gustará.


lunes, 25 de abril de 2011

18:00

Faltando cinco para las ocho de la mañana abría puntualmente los ojos para mirar el techo y descubrir que la mancha con cara de torturado continuaba ahí en la misma madera de todos los días. A las ocho suspiraba y se ponía de pie sin mirar el bulto que a su lado respiraba acompasadamente. Caminaba hacia el baño, se cepillaba los dientes, se metía a la ducha y de camino al dormitorio se cruzaba con ella sin mirarla, sin dirigirle un "buenos días". Se vestía lentamente para darle tiempo a que tuviera su desayuno listo. Todo transcurría en un silencio sepulcral interrumpido sólo por el crujir de las tablas viejas y deslustradas de su casa. Las tostadas siempre sabían a barro para él, el mismo barro de aquella noche. Ella, en bata aún, le miraba a veces con un poco de compasión, otras con profundo rencor y casi siempre sin expresión.

Faltando cinco para las diez anunciaba que iba a la esquina a comprar el diario y una cajetilla de cigarrillos. Ella asentía lenta y secamente mientras lavaba los platos y se movía de un lado a otro en la pequeña cocina.

- Buen día, don Ernesto.
- Buen día, buen día.

El señor de bigotes le entregaba el diario y la cajetilla sonriendo irónicamente. Ernesto le daba a cambio un billete de dos mil pesos y esperaba el vuelto encendiendo el primer cigarro del día. Caminaba lentamente chupando y aspirando aquel cilindro de calidad cada vez más dudosa. Su mente en blanco, su mente nublada.

Entraba y se acomodaba parsimoniosamente en el sillón frente a la televisión, abría el diario y se sumergía en él hasta las dos de la tarde envuelto en el humo de los cigarrillos que se sucedían uno tras otro hasta que el aroma de la cazuela le llegaba a las narices y le hacía sonar las tripas. Se sentaba y comía silenciosamente. Ella nunca le acompañaba a almorzar, pues se sentaba en una mecedora a bordar en interminables paños floreados la misma frase que rondaba en su mente hace ya más de cincuenta años.

Él se ponía de pie, salía al patio trasero, rascaba las orejas del galgo negro que le miraba suplicante con la pelota en el hocico y encendía el último cigarro y chupaba cansinamente sin mirar al perro. A veces daba unos pasos al parrón y cortaba un racimo de uvas que se llevaba a la boca sin lavar. A veces daba unos pasos al parrón y cortaba una rama, le quitaba todas las hojas y se iba hacia el perro para golpearlo con ella en el lomo con una fuerza desmesurada que hacía gemir lastimosamente al pobre animal.

Entraba, miraba a Elena que seguía su labor en la mecedora y le gritaba

- ¡Puta!.

Ella no daba mayor indicio de haberle oído que tomar con más fuerza de la normal el bastidor y agachar la cabeza dos centímetros, mientras aguzaba los sentidos atenta a cualquier movimiento de Ernesto. Pero él no se movía, se quedaba allí casi siempre una hora, o una hora y cinco minutos, con la respiración entrecortada murmurando entre dientes "puta, puta, puta, puta".

A las cinco de la tarde iba por la segunda cajetilla de cigarros y al volver se paraba en la reja para ver a los transeúntes y saludarles con una inclinación. Sonreía el viejo a cada persona que pasaba por ahí con una sonrisa perdida, con una sonrisa de la que no participaban sus ojos. Cuando tenía mejor humor le guiñaba el ojo a una que otra señorita que se paseara por allí.

A las seis Elena lo llamaba para el café. Él, de malas ganas, entraba en casa dando un portazo. Ese día el café humeaba como siempre al centro de la mesa y como siempre él se sentó en la cabecera y comenzó a beber mientras seguía con un tamborilear de los dedos el trajín de su mujer en la cocina. A las seis con siete minutos ella abrió el cajón de los cuchillos y tomó el carnicero, se dirigió con el corazón latiendo al mismo compás que los dedos de su esposo, se detuvo detrás de él y le observó con detención la nuca calva.

A las cinco de la tarde del día siguiente Ernesto estaba de pie en la reja chupando un cigarrillo y saludando a las personas que pasaban por allí con una sonrisa perdida de la cual sus ojos no participaban y se estuvo ahí hasta las seis del otro día, cuando un auto de la policía se detuvo en frente y caminó directamente hacia él.