Dicen que después de la tormenta siempre sale el sol.
Ahora sé que pasó. Ahora sé que me destruí un poco más el alma y que, sin embargo, estoy aquí.
No, el sol no ha llegado. De hecho las horas no han pasado. Mi carne sigue en el mismo lugar. Lo sé a pesar de que ahora estoy sentada frente a un computador escribiendo esta nota. Mi carne sigue allí, en el pasillo, doblada en una forma graciosa, desnuda, tiritando, expulsando ese veneno que te recorrerá cuando leas esto. Lo sé a pesar de que ahora siento hambre, a pesar de que me obligo a levantarme, a cocinarme algo. Es que ella es más importante, claro.
Y es que ahora actúo como por inercia. No sé muy bien lo que hago, lo que digo, lo que escribo, lo que veo.
Desde una ventana un perro me mira y gira su pequeña cabeza de un lado a otro sin comprender. "Yo tampoco entiendo" le digo casi sin voz.
Y el deseo de despertar, de despertar otra vez es el que me embarga, lo que tengo en mente, el único pensamiento que articulo con claridad, además del que habla sobre el dolor, sobre lo patético de tu ausencia, del que habla de lo estúpido que es soñar, de ese que se recrimina las ganas de hacer una fantasía realidad. Y entonces le hablo y creo que ella me escucha, sólo porque no le queda de otra. Pero son palabras de aliento. De fuerza. De coraje. Y es que no permitiré jamás que ella viva lo que yo. Aunque tenga que dar vuelta este mundo, aunque tenga que derrotar la mierda que me embarga y que embarga a la sociedad, aunque no sé. No me importa nada más que su felicidad.
No sé, ya no sé lo que escribo, no sé porque lo sigo haciendo y no sé por qué cresta el sueño no viene a mí y me rodea de una vez. Quizás me daría un segundo de respiro. Porque ahora me asfixio, sabes? Ahora me ahogo de nuevo y me dejo vencer otro poquito, y ese otro poquito hace que otra vez sea mi cuerpo desnudo y derruido en esa alfombra el que me posea y es que en realidad ni sé dónde estoy.

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