Sí, tú

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Chile
Érase una vez blah, blah, blah.

sábado, 7 de mayo de 2011

Agridulce


Una mención al recuerdo. (Mayo del 2010)

Y luego de haber decidido darle fin a toda la situación apareciste, como siempre, como si nada, con la sonrisa pétrea en los labios, con la agridulzura en tu mirada.

Acariciaste mi cabeza lentamente, susurrando palabras inteligibles, un minuto, dos, tres, diez, veinte... me dejé llevar por el letargo, por el sofocamiento físico e interior. Me recosté en tu pecho, sentí el olor de siempre. Ahora nada había cambiado. Dejé que mi mano se deslizara por tu pecho, que recorriera tu cuello, lentamente, tus labios, tu nariz, el hoyuelo de tu mejilla cada vez más sonrosada, tu pecho cada vez más agitado. Apagué la calefacción, decidida a no pensar. Te besé y me refugié en el candor, en la frescura también. Tu lengua enredándose tiernamente, bruscamente, frenéticamente. Tú apaciguándome, tú asfixiándome. Sentía tus dedos posarse con firmeza en mis piernas, en mi pecho, en mi cuerpo. Yo calmándote, yo encaramándome en tu cuerpo simulando el desesperado juego del amor, susurrando palabras, frases incomprensibles, sin sentido para ti, sin sentido para mí.

Tú hundiéndome en tu cuerpo, yo extinguiéndome en tu fuego.

El beso final, el "te amo" final y correr desesperadamente con mis cosas por la ciudad.

lunes, 25 de abril de 2011

18:00

Faltando cinco para las ocho de la mañana abría puntualmente los ojos para mirar el techo y descubrir que la mancha con cara de torturado continuaba ahí en la misma madera de todos los días. A las ocho suspiraba y se ponía de pie sin mirar el bulto que a su lado respiraba acompasadamente. Caminaba hacia el baño, se cepillaba los dientes, se metía a la ducha y de camino al dormitorio se cruzaba con ella sin mirarla, sin dirigirle un "buenos días". Se vestía lentamente para darle tiempo a que tuviera su desayuno listo. Todo transcurría en un silencio sepulcral interrumpido sólo por el crujir de las tablas viejas y deslustradas de su casa. Las tostadas siempre sabían a barro para él, el mismo barro de aquella noche. Ella, en bata aún, le miraba a veces con un poco de compasión, otras con profundo rencor y casi siempre sin expresión.

Faltando cinco para las diez anunciaba que iba a la esquina a comprar el diario y una cajetilla de cigarrillos. Ella asentía lenta y secamente mientras lavaba los platos y se movía de un lado a otro en la pequeña cocina.

- Buen día, don Ernesto.
- Buen día, buen día.

El señor de bigotes le entregaba el diario y la cajetilla sonriendo irónicamente. Ernesto le daba a cambio un billete de dos mil pesos y esperaba el vuelto encendiendo el primer cigarro del día. Caminaba lentamente chupando y aspirando aquel cilindro de calidad cada vez más dudosa. Su mente en blanco, su mente nublada.

Entraba y se acomodaba parsimoniosamente en el sillón frente a la televisión, abría el diario y se sumergía en él hasta las dos de la tarde envuelto en el humo de los cigarrillos que se sucedían uno tras otro hasta que el aroma de la cazuela le llegaba a las narices y le hacía sonar las tripas. Se sentaba y comía silenciosamente. Ella nunca le acompañaba a almorzar, pues se sentaba en una mecedora a bordar en interminables paños floreados la misma frase que rondaba en su mente hace ya más de cincuenta años.

Él se ponía de pie, salía al patio trasero, rascaba las orejas del galgo negro que le miraba suplicante con la pelota en el hocico y encendía el último cigarro y chupaba cansinamente sin mirar al perro. A veces daba unos pasos al parrón y cortaba un racimo de uvas que se llevaba a la boca sin lavar. A veces daba unos pasos al parrón y cortaba una rama, le quitaba todas las hojas y se iba hacia el perro para golpearlo con ella en el lomo con una fuerza desmesurada que hacía gemir lastimosamente al pobre animal.

Entraba, miraba a Elena que seguía su labor en la mecedora y le gritaba

- ¡Puta!.

Ella no daba mayor indicio de haberle oído que tomar con más fuerza de la normal el bastidor y agachar la cabeza dos centímetros, mientras aguzaba los sentidos atenta a cualquier movimiento de Ernesto. Pero él no se movía, se quedaba allí casi siempre una hora, o una hora y cinco minutos, con la respiración entrecortada murmurando entre dientes "puta, puta, puta, puta".

A las cinco de la tarde iba por la segunda cajetilla de cigarros y al volver se paraba en la reja para ver a los transeúntes y saludarles con una inclinación. Sonreía el viejo a cada persona que pasaba por ahí con una sonrisa perdida, con una sonrisa de la que no participaban sus ojos. Cuando tenía mejor humor le guiñaba el ojo a una que otra señorita que se paseara por allí.

A las seis Elena lo llamaba para el café. Él, de malas ganas, entraba en casa dando un portazo. Ese día el café humeaba como siempre al centro de la mesa y como siempre él se sentó en la cabecera y comenzó a beber mientras seguía con un tamborilear de los dedos el trajín de su mujer en la cocina. A las seis con siete minutos ella abrió el cajón de los cuchillos y tomó el carnicero, se dirigió con el corazón latiendo al mismo compás que los dedos de su esposo, se detuvo detrás de él y le observó con detención la nuca calva.

A las cinco de la tarde del día siguiente Ernesto estaba de pie en la reja chupando un cigarrillo y saludando a las personas que pasaban por allí con una sonrisa perdida de la cual sus ojos no participaban y se estuvo ahí hasta las seis del otro día, cuando un auto de la policía se detuvo en frente y caminó directamente hacia él.

miércoles, 20 de abril de 2011

Medianoche


Veintidós es el número de veces que te recordaré en estos veintiún minutos que tardaré en escribirte las veinte lágrimas que me contuve de derramar anoche: Me guardo los diecinueve versos que quise leerte este domingo, detengo la reproducción de las dieciocho canciones que siempre quise cantarte y que siempre quisiste escuchar. En este mismo momento me río de esas diecisiete discusiones, de los dieciséis reproches y de las quince veces que te quise borrar de mi vida… Al fin y al cabo catorce noches soñé contigo el mismo sueño y otras trece me desvelé por pensar en ti. Tampoco puedo negar que en doce ocasiones necesité un abrazo y que once me refugié en tus brazos viéndote sonreír, no, no puedo… Y ten en cuenta que son diez las tardes que quedaron grabadas en un trocito de mi corazón, que fueron nueve "te quiero" dichos y escritos los que te regalé y ocho llamadas con voz de sueño y un tanto inconsciente las que te dejo para las siete horas que quizás pienses en mí este año. Ah! Cariño, (sí, “cariño”), aunque no seas mío, ni lo fueras antes, fueron seis las lunas que te dediqué y fueron cinco los "te quiero" que pronunciaste mirándome a los ojos. En esta carrera regresiva te cuento que cuatro son los besos que permanecen en mis labios, tres los recorridos de nuestros cuerpos que aún siento en mi piel, dos son los días que faltan para que se cumpla un mes más desde que te vi por primera vez y que sólo uno es el adiós.

¿Sabes por qué veintidós, verdad?


sábado, 9 de abril de 2011

Te veo

Me asomé al ventanal deseando con todas mis fuerzas ser capaz de dar un paso más y comenzar a caer. Caer libremente, caer con lentitud cinematográfica, caer para sentir el viento en mi cuello, el viento que me haría reaccionar justo antes de darme de cabeza con el asfalto para desplegar rápidamente mis alas y surcar el cielo revoloteando.

Quizás iría a buscarte, quizás simplemente me gustaría mirarte, y cruzar nubes y nubes, llenas de frío, llenas de otoño, y competir con un pájaro por quién llega primero a ese árbol que se alza majestuoso en lo más alto del cerro San Cristóbal, y cruzar nubes y nubes, llenas de lágrimas, llenas de otoño.

Pero no puedo avanzar, sigo de pie en este décimo piso observando Santiago, el tráfico, el ocaso impregnado de smog. Mis alas están sanas, físicamente están sanas, pero ya no se atreven a volar, lo sé.

Ah! Y fundirme con el viento y rozar la tierra húmeda con la punta de los dedos, y avanzar, siempre avanzar en el cielo celeste, en el cielo negro, en el cielo azul y rojo. Reflejar en cada pluma de mis alas los mil colores del atardecer, y recogerlos para ti, guardarlos cariñosamente en en el fondo de mi corazón para dártelos.

Mis alas estás sanas, pero ya no se atreven a volar. No. Hoy daré un paso más.

Voy por ti.